viernes, 20 de mayo de 2011

Cómo canalizar la rabia electoral


Siempre que se acercan unas elecciones, sean del tipo que sean, se repite el mismo fenómeno: buena parte de la población, con ganas de mostrar su rechazo hacia la clase política, busca alternativas a votar por un partido canalizando su rabia electoral hacia el voto en blanco, la abstención, el voto nulo o cualquier otra alternativa. Pero muchas veces este acto político (porqué no deja de ser un acto político por más que provenga del rechazo hacia las formaciones políticas convencionales) se hace sin entender exactamente lo que representa: ¿cómo lo hago?, ¿a quién beneficiará?, ¿cómo se contabilizará? Resumámoslo.

Voto en blanco. Se considera voto en blanco el sobre que no contiene nada en su interior o, en algunos casos (como en las elecciones al Senado español) la papeleta electoral que no ha sido marcada por el elector para escoger un candidato. En algunos países, como por ejemplo Colombia, en las papeletas electorales hay una casilla para votar en blanco. Si se introduce un trozo de papel en blanco en el sobre, en la mayoría de países se considera como un voto nulo, no como un voto en blanco. A diferencia de la abstención, que nunca se sabe si hay que contabilizarla como protesta o como desidia de alguien que prefiere ir a la playa, el voto en blanco se entiende siempre como un voto de protesta de un ciudadano que ha ido a votar pero que no se siente representado por ninguno de los partidos que se presentan. En cuanto a su utilidad, el voto en blanco se suma al total de votos del escrutinio, y a partir de esta cifra se hacen los cálculos para repartir los escaños. En la mayoría de sistemas electorales (como en el sistema D'Hondt, utilizado en España y en muchos otros países) hace falta un mínimo de votos para que un partido tenga representación (un 3% en España, un 10% en Turquía) y, por lo tanto, como que los votos en blanco aumentan el número de votos totales pero no el de votos destinados a un partido concreto, cuantos más votos en blanco haya más difícil lo tendrán los partidos pequeños para tener representación en la cámara. Por lo tanto, el voto en blanco acostumbra a favorecer a los partidos más grandes y a consolidar las mayorías.

Abstención. Para optar por esta opción solamente es necesario que no vayas a votar. La dificultad está en atribuir un motivo a esta abstención, ya que no queda constancia en ningún sitio: puede deberse a un boicot electoral o al desinterés por la política. En algunos países donde el voto es obligatorio, esta posición de protesta contra el sistema queda más clara, pero normalmente no es así. En muchos casos la abstención es lo suficientemente alta como para desbancar incluso a la principal fuerza política en número de votos, pero el peso de esta cifra desaparece al cabo de pocos días, puesto que los escaños se reparten por número de votos independientemente del porcentaje de población que haya votado. Es por esto que la abstención tiene poca importancia cuando hay que decidir la formación de un parlamento o la elección de un representante. Además, si tenemos en cuenta que a menudo la suma de los que se abstienen más los que votan a partidos de la oposición superan de largo a los votantes de la nueva mayoría, se considera que la abstención es una ocasión perdida de dar un voto de castigo al gobierno.

Voto nulo. El voto nulo es aquel que no cumple las reglas electorales establecidas, ya sea porque no permite saber cuál es la voluntad del elector o porque no se hace convenientemente. Se considera voto nulo todo aquel que no sea un voto destinado a un partido que se presente a las elecciones ni sea un voto en blanco. Aquí entran tanto los votos de los que se equivocan (poniendo dos papeletas dentro del sobre, por ejemplo) como los que lo hacen deliberadamente (introduciendo en el sobre un escrito, etc.). Los votos de protesta (introduciendo por ejemplo una papeleta destinada a un partido que no ha podido presentarse) son considerados nulos. En cuanto al reparto de escaños, el voto nulo cuenta igual que la abstención.

Voto a un partido insumiso. En algunas elecciones se presentan partidos que proponen dejar el escaño que ganen sin nadie que lo ocupe ni vote en ninguna decisión política o haga ningún discurso. El perfil de su votante es el ciudadano que se siente defraudado por la poca utilidad del voto en blanco o la abstención y busca una forma de hacer patente su descontento no solamente el día de la votación sino durante toda la legislatura. Esta opción no siempre es posible porque depende, naturalmente, de que algún partido insumiso se presente a los comicios. Un ejemplo de este tipo de partido en España son los Ciudadanos en blanco, que ha ido creciendo en los últimos años. Votar esta opción representa reducir el número de escaños de los partidos mayoritarios (en caso de ser elegidos). Aunque en la práctica su utilidad se ve limitada por el hecho que no ejercen en ninguna votación ni a favor ni en contra, y por lo tanto las proporciones del resto de partidos siguen siendo las mismas. En una cámara con 100 escaños, por ejemplo, la mayoría absoluta es de 51. Si hay 10 escaños insumisos los partidos grandes perderán 10 escaños y les será más difícil llegar a los 51 votos para tirar adelante alguna propuesta sin que nadie se pueda oponer, pero como en la práctica los escaños vacíos no votan en contra, la nueva mayoría absoluta será de 46 escaños (la mitad más 1 de los 90 escaños llenos). Así pues, en la práctica sólo sirve para denunciar en cada pleno la disconformidad de un grupo de votantes con el sistema tradicional de partidos cuando salen escaños vacíos en las imágenes y alguien recuerda a qué se deben.

Voto a un partido "no político". A parte de los partidos tradicionales (sean mayoritarios o no, tengan representación política o no) hay partidos que se presentan a las elecciones con la intención de recoger el voto de castigo de los ciudadanos descontentos sin tener ningún tipo de programa político. A menudo están formados por personajes famosos de la televisión, deportistas, humoristas, etc. En la práctica, en caso de ser escogidos probablemente tendrán un comportamiento parecido al de un escaño insumiso: ejercer la crítica del sistema político convirtiendo sus discursos en espectáculo. El problema es que, a diferencia de los escaños en blanco, estos sí que van, y ninguno de sus electores tiene ni idea de cuál es su ideología ni de qué votarán en cada caso, lo cual es bastante peligroso. Los partidos tradicionales, más o menos, todo el mundo sabe qué opinión tienen de cada tema (incluso cuando lo que piensan y hacen no tiene nada que ver con lo que expresan en su programa electoral). Este problema se da también con partidos que únicamente se posicionan en un tema concreto: a favor (o en contra) de la legalización de la marihuana, de las corridas de toros, etc. ¿Qué votarán en el resto de temas?

Todas estas opciones son absolutamente dignas como expresión de la queja hacia un sistema profundamente injusto. Naturalmente, aparte de estos caminos para canalizar la rabia electoral existe otro que acostumbra a ser mucho más efectivo: ir a votar y hacerlo por un partido que cambie las cosas. Es evidente que el sistema democrático que tenemos es muy insuficiente, que es muy poco participativo, que los mecanismos de control que los ciudadanos podemos ejercer sobre los cargos elegidos son muy débiles y fácilmente eludibles, pero también es verdad que no le hemos sacado todo el jugo que podemos sacar y que la forma más rápida y fácil de cambiar lo que no nos gusta es entrando y participando. La sanidad, la educación, las pensiones, las prestaciones de desempleo, la libertad de expresión, los derechos civiles o las leyes laborales que tenemos, por incompletas y mejorables que sean, las hemos conseguido gracias a este sistema, y menospreciar sus posibilidades es menospreciar el esfuerzo de generaciones y generaciones de personas que han luchado para obtener y consolidar lo que tenemos. Existen otras formas de cambiar el mundo, y muchas de ellas no pasan por la democracia representativa, pero no podemos obviar tan fácilmente esta posibilidad de cambiar las cosas.
Si votáramos por partidos con ganas de cambiar las cosas, si fuéramos a los plenos (que ahora están vacíos) y fiscalizáramos cada una de las acciones de nuestros representantes, si aprovecháramos los (tímidos y ocasionales) procesos participativos que se abren para decir lo que pensamos (ahora están prácticamente vacíos) y exigiéramos más, si nos informáramos con profundidad de todo lo que pasa a nuestro alrededor y nos creáramos una opinión razonada, las cosas podrían ser muy distintas. Indígnate, quéjate, manifiéstate y ve a votar.

Fuentes:

  1. Sistemas electorales: http://en.wikipedia.org/wiki/Voting_system
  2. La fórmula D'Hondt que se utiliza en muchos países para repartir los escaños en un sistema de representación proporcional de partidos: http://es.wikipedia.org/wiki/Sistema_D%27Hondt
  3. Simulador electoral. Cálculo de resultados según el método D'Hondt: http://icon.cat/util/elecciones
  4. Países donde el voto es obligatorio: http://es.wikipedia.org/wiki/Sufragio_obligatorio
  5. European citizens for a ‘None Of The Above’ option: http://www.cevb.org/?lng=en
  6. Ciudadanos en blanco: http://www.ciudadanosenblanco.com/ 

1 comentario:

  1. Si NO votásemos en absoluto, más que nada, para no participar en una partitocracia oligárquica, acaparadora, impune y que proporciona un método de actuación manipulado a su favor... independientemente de "cómo nos interpreten", actuaríamos de forma razonable.

    No es justo ni correcto, participar en un juego porque la opinión publicada, adoctrinada lo haya convertido en opinión pública de mentes moldeadas a lo largo de años.

    Sin votos, no tienen cohartada. Ese será el origen de la revolución que cambie las cosas.

    El sistema de partidos DUEÑOS del estado es lo que genera la corrupción, la opresión y la confusión.

    Votar y No Votar, son la expresión del mismo derecho de participación política.

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