lunes, 15 de agosto de 2011

Comida sin fronteras


Un cargamento de gambas recién pescadas sale de las playas escocesas y viaja hasta China, donde la mano de obra es muy barata, para ser peladas. Una vez terminado el trabajo, vuelven a subir en un barco para ser vendidas... en el Reino Unido. Seguramente, alguna de estas gambas se las comerán en Escocia, justo delante de la playa donde fueron pescadas. Las gambas que pescan los canadienses, en cambio, viajan hasta Islandia para que las pelen antes de ser comercializadas en cualquier otro punto del planeta. Y esto pasa con muchos productos: buena parte de lo que comemos y bebemos ha sido cultivado o manufacturado a miles de kilómetros del sitio donde será consumido. Realmente, no tiene ningún sentido.
Esta locura tiene un coste evidente para el planeta. Dave Reay, autor del libro Climate Change Begins at Home, calcula que entre el 10 y el 20% de nuestro impacto en el clima es debido a la comida: a su elaboración, transporte y manufacturación.
Para acabar con esta práctica suicida se han planteado muchas soluciones, como por ejemplo gravar con impuestos los productos menos eficientes en este sentido, pero la mejor solución es, simplemente, utilizar el sentido común. Nuestro poder como consumidores es mucho más grande de lo que pensamos y optar por no consumir productos que supongan un gran despilfarro energético (y hacer un poco de campaña entre amigos y conocidos) puede cambiar muchas cosas.
Como siempre, hay gente que lleva mucho tiempo haciéndolo. Los integrantes del movimiento Slow Food, por ejemplo, en su intento de cambiar de arriba a abajo nuestra relación con la comida, incluyen entre sus recomendaciones el hecho de comer y beber productos cultivados cerca de casa. No son los únicos.
El movimiento que reclama consumir productos de proximidad ha recibido muchos nombres: kilómetro cero, dieta de los 100 kilómetros (o 100 millas), Consumo Local (Local Food), dieta baja en CO2 o Locavore son los más conocidos, pero hay más. Naturalmente, no hace falta pertenecer a ningún movimiento para comer local, basta con dejarse guiar por el sentido común: cambiar la cerveza de importación por una marca local que te guste, beber vino del país, preguntar en la frutería, pescadería o carnicería de donde viene cada cosa y escoger productos que no vengan de la otra punta del mundo. Internet está lleno de sitios con consejos e ideas para favorecer el consumo local, basta con teclear en un buscador alguno de los nombres que acabamos de dar.
Una buena manera de empezar a pensar en el tema: la próxima vez que vayas a comprar o que hagas la comida, echa un vistazo a las etiquetas de los productos y mira de donde viene cada ingrediente. Verás que muchos de ellos pueden ser sustituidos por productos locales de la misma calidad (e incluso mejores). Simplemente, no lo habías pensado antes.

Fuentes:

  1. Gambas escocesas que viajan a China para ser peladas: http://www.elpais.com/articulo/economia/Varias/empresas/llevan/China/gambas/pescadas/Escocia/pelarlas/mano/elpepueco/20070521elpepieco_6/Tes
  2. La afirmación de que entre el 10 y el 20% de nuestro impacto en el clima es debido a la comida proviene del libro Climate Change Begins at Home, de Dave Reay: http://www.opendemocracy.net/arts/climate_change_3012.jsp  
  3. Slow Food España: http://slowfood.es/



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