domingo, 23 de octubre de 2011

Pagando por contaminar


Desde que empezó la revolución industrial hace más de dos siglos las emisiones de gases de efecto invernadero en la atmósfera no han parado de aumentar. Sabemos que estos gases (el CO2, el metano, el óxido nitroso o los famosos CFC que destruyen la capa de ozono) son los principales responsables del calentamiento global, y que si no encontramos una solución rápido sufriremos un cambio climático irreversible que puede ser absolutamente destructivo para la vida en nuestro planeta. También sabemos que el gas que más contribuye al efecto invernadero (por el volumen de gas que emitimos, no porque sea el más nocivo) es el CO2, y que las emisiones se deben, sobre todo, a la quema de combustibles fósiles. Existen otras causas como la deforestación (que libera grandes cantidades de CO2 y destruye los árboles que lo podrían reabsorber), pero la quema de petróleo, carbón y gas es la causa principal.
Si sabemos todo esto, ¿por qué no lo arreglamos? Con esta idea en la cabeza, en 1997 la ONU auspició el Convenio internacional para la prevención del cambio climático, que acabó aprobando lo que conocemos como Protocolo de Kioto. El objetivo de este tratado internacional es que los países industrializados reduzcan sus emisiones un 8% por debajo del volumen que emitían en 1990, una cifra no muy ambiciosa pero suficiente como plan de choque contra el calentamiento global. La historia de la ratificación del Protocolo de Kioto es muy compleja, porque hacía falta que lo firmaran los países responsables de como mínimo el 55% de las emisiones para que se convirtiera en un tratado internacional de obligado cumplimiento, y ante la negativa de los EEUU y de Rusia a ratificarlo las negociaciones fueron muy largas. Finalmente, en 2005 Rusia firmó y llegamos al 55% necesario, aunque a cambio la UE se comprometió a financiar la reconversión industrial rusa y la modernización de sus plantas petrolíferas. En las negociaciones de tratados internacionales nadie firma nada si no saca algo a cambio. Los EEUU, por otra parte, todavía no lo han firmado.
El problema es que, ahora que el Protocolo de Kioto ha entrado en vigor, ha quedado claro que es una herramienta que no sirve para mucho. El tratado está muy bien pero, como siempre que se firma algo, hay que ir con cuidado con la letra pequeña. Y en la letra pequeña del Protocolo de Kioto hay una cláusula que habla de "mecanismos de flexibilidad" y que es la culpable de que la cosa no funcione.
Lo resumiremos: el tratado fija las emisiones de CO2 que cada país puede emitir cada año. Como los efectos de la contaminación son globales y no importa dónde se contamine porque todo va a parar al mismo sitio, se pensó que sería una buena idea convertir los derechos de emisión de cada país en cuotas de CO2 que se pudieran comprar y vender, de modo que si un país tiene una cuota más alta de lo que realmente necesita pueda vender lo que le sobra a otro país que haya sobrepasado su límite. O sea, que como yo tengo mucha hambre y tú no te has terminado tu pedazo de tarta, me como el mío, te compro una parte del tuyo y todos contentos. Como que los países más ricos tienen más industria y por lo tanto les costaría más reducir las emisiones, gracias a este mecanismo pueden comprar cuotas a los países pobres, con mucha menos industria, y entre todos contaminamos lo que está asignado en el tratado. Además, el dinero que se pague por estas cuotas de CO2 deberá usarse para implantar tecnologías limpias en los países en vías de desarrollo, que así "crecerán sanos" y sin contaminar. Todo esto ayudaría a reducir el total de nuestras emisiones beneficiando a todo el mundo: a los ricos porque no deben reducir su producción y a los pobres porque tienen dinero para implantar energías limpias. Sobre el papel no parece mala idea. Pero en la práctica es muy distinto.
En primer lugar, estos mecanismos de flexibilidad han servido para que los países del norte sigan contaminando tanto o más que antes, con la única diferencia que ahora deben pagar un poco. Pero sigue saliendo muy barato, porque el dinero que pagan se destina a proyectos en los países del sur que, curiosamente, se encargan a las mismas empresas transnacionales que contaminan y pagan en el norte. O sea que, de momento, todo queda en casa. En los países ricos se contamina lo mismo, muy por encima de las cuotas exigidas, pero como se compran las cuotas de otros países todo queda legitimado y nadie puede quejarse: hemos cumplido con el Protocolo de Kioto. En los países pobres las cosas tampoco van demasiado bien, porque muchos de los proyectos aparentemente limpios siguen teniendo combustibles fósiles como base y, por lo tanto, contaminan más que antes. Y encima la mayor parte los llevan a cabo empresas extranjeras que se llevan los beneficios y no los reinvierten en el país. Al final, en el conjunto del planeta las emisiones aumentan cada año, pero todo el mundo tiene la conciencia tranquila. Y no sólo no disminuyen las emisiones de CO2 sino que aumenta la desigualdad entre países ricos y países pobres y aparece un nuevo mercado para especular: el de la compraventa de derechos de emisión. Es lo que ya se conoce como colonialismo del carbono.
Un ejemplo: en mayo de 2011 España ya había gastado su cuota anual de derechos de emisión de CO2. Como no podía dejar de emitir gases ni se había hecho absolutamente nada para reducir las emisiones, nos limitamos a comprar derechos de emisión a Senegal y a seguir contaminando.
Y una pequeña anécdota: uno de los principales impulsores de estos mecanismos de flexibilidad (y el que presionó a la UE para que los aprobara) fue un exvicepresidente de los EEUU reconvertido en activista ambiental: Al Gore. ¿Curioso, no?
Una vez llegados hasta aquí, la pregunta es inevitable: ¿ha servido de algo, el Protocolo de Kioto? La respuesta que más me gusta es la que aparece en un artículo de Gwyn Prins y Steve Rayner aparecido en la revista Nature: "El Protocolo de Kioto es importante simbólicamente como expresión de la preocupación de los gobiernos por el cambio climático, pero como instrumento para reducir las emisiones ha fracasado".

Algunos datos sobre las emisiones de CO2 en el mundo:

No hay acuerdo para saber qué país es el que emite más CO2 en la atmósfera, pero en todas las listas las dos primeras posiciones se las disputan los EEUU y China (a veces gana uno, a veces el otro). En tercer lugar siempre está la Unión Europea, aunque si lo que contamos no son las emisiones totales de un país sino las emisiones per cápita, la UE pasa al puesto número 10, China al 19 y los primeros puestos son para los EEUU, Australia y Canadá. En cualquier caso, la lista de los países más contaminantes siempre tiene los mismos nombres en distinto orden: los países más industrializados y algunos de los grandes gigantes emergentes como China, Brasil, Rusia, Irán o Turquía.
La contaminación por emisión de CO2 es cosa de los más grandes: los 10 países que más contaminan emiten el 67,07% del total. España (47 millones de habitantes) emite 30 veces más CO2 que Kenia (41 millones) y 175 veces más que la República Democrática del Congo (70 millones).

Fuentes:

  1. El texto del Protocolo de Kioto: http://unfccc.int/resource/docs/convkp/kpspan.pdf
  2. Sobre el "colonialismo del carbono": http://www.carbontradewatch.org/in-the-media-castellano/el-comercio-del-co2-es-una-nueva-forma-de-colonialismo.html
  3. El artículo de Gwyn Prins y Steve Rayner en la revista Nature sobre los resultados del Protocolo de Kioto: http://www.nature.com/nature/journal/v449/n7165/full/449973a.html
  4. Listado de emisiones de CO2 por países: http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Pa%C3%ADses_por_emisiones_de_di%C3%B3xido_de_carbono
  5. Emisiones de CO2 per cápita: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/c/c4/CO2_emission_2002.png

 
 
 
 

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