miércoles, 16 de noviembre de 2011

Votar en contra de los propios intereses


Mucha gente se pregunta, en tiempo de elecciones, por qué tienen tantos votos los partidos que tradicionalmente defienden los intereses de una minoría. Es un tema recurrente en los foros políticos e incluso en los bares y cafés. Basta con ir a Google y teclear "por qué la gente vota X", cambiando la X por el nombre del partido que, según tu punto de vista, favorezca los intereses de la minoría con las riendas más altas, para darse cuenta que existe mucha gente que se hace esta pregunta. Y de que hay respuestas de todo tipo, también. Intentemos analizarlas.

Básicamente, las respuestas que da la gente pueden resumirse en dos. Por un lado, las que se basan en la ignorancia en temas políticos de la gran mayoría de los votantes. Algunas de estas respuestas son más suaves ("es necesario un nivel cultural muy alto para hacerse una idea clara de la política, la historia y la economía, y esto es difícil para mucha gente") y otras son más radicales ("la gente es idiota"), pero en todo caso vienen a decir lo mismo: el que vota a un partido que defiende intereses muy distintos a los suyos es porqué desconoce las intenciones reales de este partido y, en muchos casos, incluso desconoce qué tipo de políticas serían más favorables a sus propios intereses.

El segundo gran grupo de respuestas, más o menos, viene a decir: la intención de voto en las grandes democracias, sobre todo en aquellas dónde el bipartidismo está más extendido, reacciona a la ley del péndulo, que básicamente castiga a aquellos que llevan tiempo en el poder porque se les identifica con todos los problemas del país y premia a la oposición porqué ha sido la voz crítica con los males que padece la sociedad o, incluso, porque es el único recambio disponible. Hay épocas en las que el péndulo oscila hacia partidos que coinciden más con los intereses de la mayoría y épocas en las que oscila hacia el lado opuesto.

¿Cuál de las dos es la buena? Bueno, las dos pueden tener parte de razón (y la tienen: sólo hace falta echar un vistazo a los periódicos para identificar casos en los que estas respuestas se pueden aplicar). Pero que estas respuestas se basen en la realidad no significa que la expliquen completamente. Quizás la gente que vota contra sus intereses no es tan ignorante, ni está tan desinformada, ni hace un voto de castigo. O como mínimo, no toda. Quizás, sencillamente, es que vota lo que le interesa votar.

Este es el punto de vista de John Kenneth Galbraith, uno de los grandes economistas del siglo XX, y está expuesto en uno de sus libros: La cultura de la satisfacción. Intentaremos resumirlo.

Durante siglos, las normas las han dictado la minoría que tenía el poder. El resto de la población, por más que fueran una amplísima mayoría, no tenían ni voz ni voto en las decisiones políticas y económicas. Con la conquista de la democracia parlamentaria en una parte significativa de países del mundo las cosas han cambiado, y ahora mucha más gente participa en la toma de decisiones. Pero no nos confundamos: por más que sean una mayoría de ciudadanos de estos países los que tienen la posibilidad de influir en la vida pública, no son todos. Es lo que Galbraith llamaba la Mayoría Electoral Satisfecha, los afortunados económica y socialmente. Y en todo caso son una mayoría no de todos los ciudadanos, sino de los ciudadanos que realmente votan. Aquí hay que restarle todos aquellos ciudadanos que no participan porque no ven que les sirva de nada hacerlo, y también todas aquellas personas que ni siquiera tienen derecho a votar, como los inmigrantes sin papeles. Esta mayoría satisfecha defiende en las urnas a aquellos partidos que los favorecen, aquellos partidos que priorizan sus intereses por encima de los intereses de los demás. 

Cuando se habla de recortar los gastos del Estado en época de déficit se habla de recortar las ayudas sociales, las viviendas baratas, la sanidad pública, la educación pública o las necesidades de los colectivos de inmigrantes, pero nunca se plantea recortar otras prestaciones como las garantías financieras de los depositarios de los bancos en bancarrota (que suponen para los estados un gasto astronómico) o las subvenciones a los grandes grupos agrarios que exportan al Tercer Mundo. Según esta mayoría satisfecha, estos gastos no suponen una carga para el Estado (como en el caso de la sanidad para los pobres o las pensiones para los parados) sino que son pilares del bienestar y la seguridad de los ciudadanos. Es decir, que del mismo modo que la nobleza del Antiguo Régimen justificaba sus privilegios como necesarios para el buen funcionamiento de la economía y la estabilidad del país, actualmente la mayoría satisfecha justifica sus privilegios con los mismos argumentos. Y nunca faltan, naturalmente, economistas y politólogos que den un barniz intelectual a esta justificación.

Esta defensa de los privilegios no es monolítica: una parte cada día más importante de los privilegiados se preocupa por la situación de los que no participan del bienestar general, incluso pasando por encima de la propia satisfacción personal, y esta preocupación es una de las formas más acreditadas de discurso social. Pero a la práctica la mayoría satisfecha, cuando va a votar, prioriza su bienestar por encima de la justicia social.

Naturalmente, cuando se habla de privilegiados todos tendemos a pensar que no va con nosotros. Pero no sólo nos estamos refiriendo a los que viven rodeados de lujo, yates y fiestas en islas tropicales, sino a aquellos que tienen un trabajo y una casa y no tienen excesivos problemas para llegar a fin de mes: son privilegiados por contraste con los que están debajo económicamente. Y el discurso contra las ayudas a aquellos que están peor que ellos es un discurso que convence porque toca un punto sensible: conservar lo que se tiene y no perder ningún privilegio. 

Los que votan a partidos que defienden estos privilegios están apoyando el desmantelamiento del estado del bienestar porque creen que lo que sacarán de este desmantelamiento (pagar menos impuestos) les beneficiará. E incluso llegan a justificar los excesos de los que son todavía más afortunados que ellos porque si la mayoría satisfecha mostrara su ira contra la "minoría supersatisfecha", mostrando sus excesos, dejaría en evidencia los excesos propios en contraste con la situación de los que viven peor. Como dice Galbraith, "la opulencia esplendorosa de los muy ricos es el precio que paga la mayoría electoral satisfecha para poder retener lo que tiene, que es menos pero también está bastante bien".

En resumen, que quizás a la crítica (¡justificadísima!) que hacemos de los privilegios injustos de los más ricos deberíamos empezar a añadir cierta autocrítica hacia la defensa que hacemos de nuestros propios privilegios; unos privilegios que, como en el caso del consumo desmesurado o las demandas de menos impuestos, condenan a millones de personas a la miseria más absoluta.

Quizás los que votan a partidos que defienden los privilegios de la mayoría satisfecha saben muy bien lo que se hacen. Y quizás deberían empezar a plantearse si es justo defender los propios intereses por encima de los intereses de los que no pueden defenderse. 

Fuentes:

  1. John Kenneth Galbraith: http://es.wikipedia.org/wiki/John_Kenneth_Galbraith
  2. La cultura de la satisfacción: http://www.claret.cat/es/libro/la-cultura-de-la-satisfaccion
   
   
   

  

2 comentarios:

  1. Interesante.
    Creo que las prioridades en esta campaña electoral no han sido las que deberían ser.
    http://destelloshumanos.blogspot.com/2011/11/elecciones-y-prioridades.html

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  2. Muchas gracias, Diego! Y tienes razón, en esta campaña electoral (y en todas) la principal prioridad, la lucha contra el hambre y la pobreza, no aparece ni por asomo. Tenemos un problema de prioridades...

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